Mi vecino Totoro de Hayao Miyazaki
Tonari no Totoro (1988) es una obra encantadora y delicada de la inspiración del maestro del anime Hayao Miyazaki comandando a los especialistas del gran Studio Ghibli. La esencia de todo Lewis Carroll, de aquel profundo inquisidor de la prodigiosa psique infantil esta trabajada aquí, por Miyazaki con igualdad de talento y sensibilidad. A diferencia de la distorsión premeditada y dolosa de Disney, aquí no se edulcora nada, no se ocultan tras bambalinas de sonrisas falaces e hipócritas las profundidades de la esencia humana, que sólo puede sentirse a fondo en el arte, la infancia y la locura.

Carroll, en su Alicia, quiso ir por el filo de la navaja entre la inocencia y la perversidad, guiado por la luz de una lógica suicida que se confunde con el delirio; Miyazaki con Satsuki (y Mei) también recorre el filoso sendero arriesgado de la infancia y los atisbos de la pubertad como Carroll, pero en donde Carroll, fascinado por las sombras, se deja ir- muy valiosamente, de acuerdo a sus particulares dilemas personales-existenciales- a los abismos tenebrosos del dolor-placer confundidos, del despertar de la conciencia de sí de la libido y el deseo, disimulado genialmente en un discurso matemático-delirante surrealista y absurdo; Miyazaki se orienta a la luz de la pureza natural en una irrenunciable vereda que todos hemos de recorrer: la progresiva madurez personal. Totoro y todos esos seres mágicos no ocultan jamás su equivocidad, su sugerente simbolismo (como lo hacen, por el contrario, los seres de la animación fast-food Disney) y sin embargo son inocentes hasta el límite y por eso son distintos absolutamente a Todo. Son la magia de la infancia, el deseo y la fantasía sin objeto (erótico) aún a sujetar, el impulso, la fuerza libre del alma humana puesta en las frondosidades de un bosque rumoroso, vertidas en un poblado pequeño lleno de magia y leyendas, de ancianas sabias y espíritus protectores hechos de polvo añoso. No es casual que Satsuki extravié a su niña, acaso su propia niñez, en su hermanita Mei, justamente cuando está ocupando en cierta manera ínfima, el lugar de la madre enferma, acompañando al joven, noble y bondadoso padre. El guión de Miyazaki es extremadamente sabio en su transparencia minimalista, Freud y Carroll agudizarían la mirada, ante la circunstancia singular de Satsuki, porque justo cuando ella extravía su infancia preadolecente, cuando la pubertad parece asomarse ya, esas mismas energías se encarnan, quizá por última vez así, en Totoro y sus amigos, el increíble Gato-Bus por supuesto, que le ayudarán a recuperar a su pequeña hermana y a valorar la profundidad del mundo todo, el brío de la vida, en el que las sombras tienen cabida y justificación tanto como la luz y la esperanza en las sonrisas de una joven familia reunida de nuevo. Si, Totoro es un ser fascinante, misterioso, juguetón, y enigmático: su sonrisa puede ser feroz y jubilosa a la vez, como la vida misma, digna y abierta más allá de cualquier circunstancia. Y lo más importante, motivada por un infinito cielo, para volar por entero…




