La Tumba de las Luciérnagas de Isao Takahata
Los horrores de la guerra no se aprecian sólo en amplias perspectivas históricas, pues a fin de cuentas no se reflejan únicamente en cambios en las fronteras, o en los nombres de los países, acaso ni siquiera totalmente en los holocaustos pavorosos o en las angustiosas migraciones de refugiados que escapan a la devastación y el desamparo. Posiblemente entonces haya que acudir a los individuos por separado, los simples existentes, protagonistas de micro-historias disimuladas en donde se condensa toda la angustia y el dolor de una situación de sufrimiento extremo y sin escape alguno. Las personas, cada una de ellas, son las que en su agonía dan límite a lo humano, las que dejan entrever en su calvario que es imposible ir más allá, sin tener que asomar la cabeza del otro lado del mundo, allí donde las lagrimas y el corazón son la única vía para afrontar y encontrar un consuelo, al ominoso silencio del firmamento, que sólo observa y calla.

Esto podría ser el mensaje de uno de los animes más terribles y consternadotes jamás concebidos: la obra de Isao Takahata, La Tumba de las Luciérnagas.
Allí se narra como en Japón, los niños Seita de 14 años y Setsuko de 5 han de enfrentar la tragedia de ver su ciudad bomardeada, en 1945, durante la segunda guerra mundial. Entre el caos y la muerte por doquier se separan de su madre, para hallarle poco después completamente agonizante. Tras el fallecimiento de la mujer, los hermanitos buscan refugio en casa de sus tíos, donde han de padecer el desprecio y los malos tratos de sus parientes. Por esto mismo deciden irse de allí y alojarse en un vacío refugio antiaéreo. En ese lugar harán su sencillo hogar, en donde se aferrarán a la vida por medio de los desperdicios que recogen en las construcciones destruidas. Y a la vez tratarán de sujetar trágicamente la esperanza de su infancia, que sin embargo poco a poco se consume como el cuerpo de la tierna Setsuko, que entre lamentos de hambre y tristeza, aún tiene alguna sonrisa débil que brindarle a su atribulado e impotente hermano, sonrisa tan suave y tenue como la luz de la tumba de las luciérnagas.
Hotaru no Haka, cinta de 1988 del afamado Estudio Ghibli, es una obra dura, severa, realizada sin concesión alguna al espectador. Es difícil imaginar a alguien que luego del visionado de sus 93 minutos de arte noble y grave no resulte conmovido hasta las entrañas del sentimiento. Enorme trabajo el de Takahata, mano derecha de Hayao Miyazaki en muchas elaboraciones, y en La Tumba de las Luciérnagas, adaptación de la novela homónima de Akiyuki Nosaka, además, es muy destacada la labor de Yoshifumi Kondo el director de animación, Yoshio Mamiya en la emotiva banda sonora, y Nobuo Koyama en la fotografía. Es una película desgarradora, conmocionante, inolvidable.
Las últimas escenas de esta producción, en donde las sombras de los niños se acurrucan para contemplar las luces de las luciérnagas, nos hablan tal vez que la ternura y la pureza de espíritu trascienden en la conciencia de los humanos, venciendo así a la muerte, pues como expresa el gesto de la pequeña Setsuko arrullándose en las rodillas de su hermanito para contemplar la luz de las luciérnagas, aún siendo ambos un mero recuerdo de sí mismos, como dijo María Zambrano: no es enteramente desdichado el que puede contarse a sí mismo su propia historia, y la luz de las luciérnagas nos habla aún de la historia, de la vida triste de estos niños, nuestra historia, nuestra vida.





Excelente pelicula, imposible verla sin ke se te parta el alma. La mejor pelicula animada y una muestra de ke el cine animado puede representar cualkier genero.