Ghost in the Shell 2: La inocencia de ser
El férreo Batou, protagonista de la cinta e Mamoru Oshii, Ghost in the Shell 2: Innocence (2002) nos ejemplifica cómo puede alguien llegar a ser una persona; es decir cómo puede una individualidad ahogada en el anonimato y la esterilidad interior; cómo es capaz alguien de liberarse de la dura coraza (Shell) que constriñe y limita el espíritu (Ghost).
La inteligente, hermosa y valiente Motoko Kusanagi se decidió a ello en la primera parte de la saga en la cinta Ghost in the Shell (1995); se atrevió a inquirir por sus propios límites y a transgredirlos para no sólo ser humana por completo sino más allá de sólo ello. No en sentido cuantitativo, sino más bien en sentido cualitativo; es decir, Motoko al vencer pero luego aceptar a The Puppet Master no lo hizo con el afán de llegar a ser una super-mujer, de entrada como cyborg, poderosa y fuerte ya lo era; sino algo menos y mucho más que ello, se atrevió a ser diferente: diversa, plena, infinita, accesible a interpretar y ser interpretada de diferentes maneras. Tal es el sentido del epílogo de esta estupenda cinta: al ver a una Motoko niña-mujer, nos damos cuenta que en ella se operó un renacimiento total, exterior pero más interior: una razón infatigable y cuestionadora, un ansia de saber más acerca de todo, acerca de si fue la que la motivo a unirse al Todo, en la Red. Batou por su parte, nos muestra también una evolución más lenta pero igual de conmocionadora: en un inicio es la parte juiciosa, la limitante contraparte de Motoko, el discurso terrenal que la conmina a la contención forzosa de sí. Pero luego, es importante recordar que en una secuencia de la serie televisiva de Ghost in the Shell, Batou es casi aniquilado por unos robots de combate, en una casa en el bosque. El también ha renacido, entonces, a la reflexión, al anhelo de trascendencia. Pero su metamorfosis de cyborg, es decir, de quien siendo un no humano puede apreciar con una mejor perspectiva lo que significa serlo, le posibilita el atreverse a superar su condición: ¿y cómo lo logra Batou?, pues a diferencia de la extremadamente intelectual Motoko, Batou lo hace a través de la ternura. Por increíble que parezca este hombretón, caza delincuentes letal, que debiera ser interpretado alguna vez por Ron Perlman, se da la oportunidad de sentir piedad y afán de cuidado por un sabueso tranquilo e inerme. En una de las escenas más conmovedoras de la historia del anime, al inicio de su “investigación” personal, Batou llega a casa luego de otra violenta y peligrosa jornada y recibe los cariños y ternuras de su suave sabueso, cual si fuera su pequeño hijo. Antes lo hemos visto ponerse feliz ante su plato repleto de comida y curioso ante una esfera de cristal donde se refleja la inocencia de su dulce mirar. Sólo al final, luego de múltiples combates y de un encuentro con Motoko, la que tomó la otra ruta a lo divino; Batou se percata, que por su elección, el ya tenía lo que siempre buscaba: ser digo de sentir(se) afecto, ternura y cariño; ser digno de poder considerarse humano. ¿ Por qué no atreverse como Batou a mirarse en su tierno perro en una esfera de cristal (el mundo) que nos devuelva (en) una amorosa mirada de inocencia redentora y sin final?





